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Pequeña Miss Sunshine (2006): El Éxito de los Diferentes y Fracasados



Canto a la rareza bien entendida, 'Pequeña Miss Sunshine' es una denuncia en toda regla contra lo correcto, lo perfecto y lo establecido. Y lo es a través de una familia tan estrambótica como real.

Los Hoover son una particular familia, el padre (Greg Kinnear) es un mediocre vendedor de cursos de superación, la madre (Toni Collette) es una neurótica, el abuelo (Alan Arkin) es un drogadicto gamberro.

El tío (Steve Carell) es un suicida homosexual frustrado, el hijo (Paul Dano) es rebelde, se niega a hablar y sólo lee a Nietzsche rebelde y la hija (Abigail Breslin) es la más cuerda, sensata y dulce de la familia.

Estas tres generaciones de esta familia, emprenderán un viaje, deambulando por las carreteras de los Estados Unidos en su destartalada furgoneta amarilla; para que Olive, la hija pequeña, acuda al concurso de belleza Little Miss Sunshine, que se celebra en el otro extremo del país, para cumplir su gran sueño. 

Ninguno de los ocupantes de la carismática furgoneta, volverá del largo viaje siendo el mismo.

En realidad la película tiene los ingredientes de un drama pero la genialidad de los guionistas ha hecho que todas las situaciones trágicas se conviertan en comedia, dotándola de un agradable sentido del humor en el que la risa está asegurada, además de tener el ritmo justo para mantenerte expectante en todo momento.

Aunque los personajes están estereotipados, las relaciones entre ellos rompen todas las reglas, convirtiendo la historia en más humana, si cabe. 

El total se antoja muy natural, gracias a la evolución lógica de sus personajes cuando les toca vivir situaciones como las que atraviesan.

Cada personaje tiene su rol claramente delimitado y su conexión con todos los otros, definida a la perfección.

Creo que aquí no puede decirse que haya un protagonista claro. Aunque bien es cierto que, de algún modo, todo comienza y termina por Steve Carell; cada uno tiene su historia (excepto Toni Collette, cuyo cometido nada despreciable es el de unirlo todo).

Carell demuestra, una vez más, que en comedias camufladas es un genio. La propia Toni Collette está a un nivel muy alto también, así como Greg Kinnear, cuyo papel no es demasiado denso, pero sí tiene el peso suficiente como para llevar consigo un esfuerzo notable.

La jovencísima Abigail Breslin, es encantadora. Su inocencia despierta el más profundo cariño, y viendo la edad que tiene (tenía 10 años) eso es algo muy a tener en cuenta. Paul Dano se mueve de lujo en su papel, mostrándose soberbio en la escena de su "transformación".

No obstante, la gran estrella aquí es Alan Arkin. Cada diálogo y cada escena en la que Arkin está metido es un regalo al espectador, y además interpreta con mucho éxito al personaje más simpático de todos.

Quizás la película peca, como tantas otras, de la fantasiosa meta que buscan los americanos de ser realmente aceptados por la sociedad americana.

En este sentido puede que se vuelva melosa y ñoña, pero nunca privándonos de las gratas dosis de humor.

Esa encantadora familia de frikies en su destartalada furgoneta amarilla hacen que te olvides: 

de que tienes algún que otro michelín, de que tú trabajo no es gran cosa y de que tu vida, en fin, no es tal y como te la esperabas. ¡Fuera complejos!.

La belleza está en la diferencia y en los ojos de la gente que te quiere (aunque estos estén aún peor que tú). Los Hoover me recuerdan en cierto modo a mi mismo y a la gente que conozco. Y es que todos tenemos algo de frikis y, al fin y al cabo, ¿qué es lo normal?

Esta película nos cuenta que la vida es un asco, que no siempre conseguimos nuestros sueños. Pero la gracia está en intentarlo, sobre todo si están a tu lado tus seres queridos.
Y a mí me gusta que me lo cuenten, sobre todo cuando te lo cuentan tan bien.





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El Ángel Exterminador (1962): La Habitación del Pánico



Una auténtica rareza absurda, cuyo principal objetivo es el de ser una crítica a la clase burguesa que se encierra en ella misma. Lo más sorprendente es que esta película consigue este fin propuesto, con unos medios materiales escasos, un pobre presupuesto y con actores grises cuando no malos.

En esa línea siempre tan personal, surrealista e inquietante, el director Luis Buñuel arrebató la máscara de las formalidades y de la etiqueta de la alta sociedad. En este caso, escarbando en el interior humano cuando éste es colocado en una situación extrema, en la que lo peor es la imposibilidad de huir y evadirse de uno mismo y de quienes se hallan alrededor.

Una serie de personas de clase alta son invitadas a cenar una noche a una mansión. Justo antes de la celebración, la mayor parte de los sirvientes sienten la necesidad de marcharse, como si presintieran una amenaza latente, que sólo se puede intuir y olfatear en el ambiente, pero que no se puede identificar ni explicar.

Mientras tanto, la recepción empieza y tanto los anfitriones como los invitados se irán sintiendo paulatinamente atrapados en el interior, como si una fuerza invisible les impidiera salir... Una barrera que no es susceptible de ser captada por los sentidos.

Atrapados dentro, sólo les resta abandonarse a sus propios recursos y a su propio aguante mental y físico, condenados a convivir en el salón día tras día, aislados de un exterior remoto e inalcanzable. 

Un exterior donde también reina la inquietud hacia la suerte de los que están dentro. Curiosamente, tampoco los de fuera son capaces de rebasar la entrada de la casa...

Nadie sabe por qué no pueden salir. Sencillamente, no pueden. No es que la puerta esté cerrada, no es que haya algo terrible fuera. Lo único es que siempre encuentran una excusa para no hacerlo.
El encuentro cínico-cortés de este grupo de burgueses podía haberse solucionado al término de la cena con unos apretones de manos y un “nos veremos en la próxima”, pero Buñuel los quería ahí, en esa habitación.
Quería ver cómo sus aires refinados se terminaban convirtiendo en degradantes. Quería verlos llorar, gritar, desesperarse.

No es que Buñuel deteste la naturaleza humana, lo que al director le provoca arcadas es la naturaleza del señor burgués, exaltado por su condición de adinerado y adornado con un lenguaje cursi y pedante. Se ríe de la burguesía y la satiriza hasta lo ridículo.

Lo que sí es cierto es que Buñuel juega con el espectador hasta el límite de no estar seguro de si se está viendo una broma o una genialidad; de si se está riendo de nosotros o si en realidad es una obra seria.

Hay que reconocer que una vez captada la idea esencial del film, la historia se alarga sin ton ni son, para contar algo que podría haberse resumido en mucho menos tiempo.

Y es que en realidad, se subraya algo que es por todos nosotros conocido: el hombre, envidioso y materialista como es, sin estar contra las cuerdas sólo piensa en su ego, y cuando está contra las cuerdas, se vuelve un ser animalesco y violento. La verdad, no hace falta ser rico para volverse un imbécil integral en según qué situaciones.







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Cinema Paradiso (1989): Carta de Amor al Cine



Totó está creciendo en un pueblo italiano cuyo único entretenimiento es el cine de dicho pueblo. Y él ama el cine. Con algunos tejemanejes consigue meterse en la cabina de proyección, junto con Adolfo que le enseña toda la magia de las películas.

En el marco de la Italia profunda de la posguerra (clerical, retrógrada y opresora), se desarrolla esta historia de amistad de un niño con su mentor, que le abre una puerta a un mundo de ensueño como es el cine, y que también es una cruda advertencia de que, en el fondo, nunca hay que olvidar de donde se viene.

Cuando éramos pequeños seguramente muchos de nosotros tuvimos un confidente y como todo buen amigo te cuida, te da un consejo y al final de todo, terminaría por aprender mucho más de lo que se imaginaba.

En el caso de Totó, su existencia está íntimamente relacionada con el cine de su pueblo, aquel lugar donde los lugareños se congregaban y se sentían partícipes dentro de la comunidad, donde dejaban atrás las preocupaciones cotidianas y se adentraban, cuando las luces se apagaban, en otro mundo, como si soñaran.

El amor es, sin duda, el protagonista principal del film, de allí que no puede extrañarnos un pacto de ayuda y respeto hecho entre dos personas con una notable diferencia de edades.

Menos aún asombrarnos la vehemencia con la que uno de los involucrados en dicho trato, luego de volver la mirada hacia sus sentimientos mas puros, le suplica al otro que salga en busca de los logros que él nunca pudo obtener.

El elegante hombre gris que es el protagonista al principio del filme, se transfigura ante nosotros como el niño curioso y soñador que era de chico, y es ahí cuando cualquier espectador ya adulto viaja a su pasado más tierno, aderezado con un primer amor, las aventuras infantiles, etc.

Disney a la italiana: no sienta mal, pero lejos queda de poder ser nombrada entre las películas de categoría ya que tira de un dramatismo muy barato y típico, y técnicamente es muy convencional.

En resumidas cuentas, es una obra sobrevalorada por lo efectivo de su sentimentalismo, pero que en el fondo no pasa de ser un bonito producto de consumo. Típica película para adultos que no quieren dejar de ser niños.

Cinema Paradiso es ante todo un canto al cine, a la memoria, a la amistad y al amor, una película enternecedora, con una gran música, por la cual transitan una extraordinaria galería de personajes (el loco de la plaza, el cura censor, el acomodador timorato, el conocedor de diálogos, el señor que escupe, el nuevo rico…) que, además de dotarla de comicidad, la convierten en entrañable.

Cinema Paradiso es la representación de la unión entre el cine y la vida. Si Ud. es cinéfilo; si Ud. quiere conocer el por qué de los amantes de cine que van todos los días a ver cualquier película que pueda disfrutar; si a Ud. le da por recordar que el cine y las buenas películas son parte de su vida, por favor no deje de ver Cinema Paradiso.

Recomiendo a aquellos que nunca la vieron, que se acerquen a sus puertas, las abran y sin pedir permiso tomen asiento y disfruten de la función.








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Terciopelo Azul (1986): Excéntrica y enigmática perturbación


A David Lynch hay que cogerlo con ganas y estar preparado mentalmente para lo que te va a contar, que siempre es un plato que no se digiere fácilmente, un paisaje onírico y surrealista, lo más parecido a un sueño que no se olvidará.

A partir de un contexto como éste: un tranquilo pueblo americano, aburrido y cotidiano, sin nada emocionante; Lynch embarca al espectador en una pesadilla, en un ensayo sobre la locura, en la atracción que nos produce el lado oscuro de lo real.

El film cuenta la historia de una misteriosa oreja humana encontrada y al mundo oscuro que ella nos lleva en un tranquilo y feliz pueblo, donde un joven y apuesto muchacho decide investigar, (pues el se encontró la oreja), y la típica hija universitaria rubia de un policía decide ayudarle.

Es ahí cuando entra en escena un psicópata completamente loco; que ha secuestrado al marido e hijo de una cantante de cabaret, solo porque está enamorado de ella y así violarla porque no sabe darle su amor de otra manera.

Entonces el joven muchacho se ve envuelto en toda la locura del psicópata y conoce a la cantante, con la que se fascina y aterra al mismo tiempo.

Terciopelo Azul, es la película más "normal" (accesible, comprensible) que he visto de David Lynch.

Quizá esto decepcione a algunos, pero realmente yo veo en ella, salvando ese aspecto, muchos de los rasgos que caracterizan el cine de este autor.

Los ingredientes están ahí: la oscuridad, la realidad dual, el ambiente, la música como catalizador emocional y también argumental, la agresividad, la sensualidad, la mezcla entre ambas (no confundir agresividad y sensualidad con violencia y sexo), los personajes psicóticos, etc.

Y el caso es que, pese a contar una historia que se entiende inmediatamente (a diferencia de otras películas suyas), no desaparece la tensión constante y la sensación de "¿pero qué es esto?", el sentimiento de estar viendo algo engañoso.

En cuanto a sus personajes, la película juega a mostrar la anormalidad de unos personajes que conviven con otros rodeados de apacible felicidad.

Aquí tenemos dos bandos diferenciados, el primer bando es el que forma Jeffrey (Kyle MacLachlan) y Sandy (Laura Dern), con sus personajes rezumando inocencia y demasiada mojigatería colegial.

Por otro lado, tenemos el bando de Dorothy (Isabella Rossellini) y Frank (Dennis Hopper), personajes turbios y esquizofrénicos.
Lynch los mete en ese mundo extraño y aprieta el botón de la coctelera. 



Lo que sí destaca a mi parecer son las interpretaciones destacando claramente Isabella Rossellini del resto. Con todo, no logra plenitud en sus intenciones de exploración psicológica y particularmente creo, que no era la actriz idónea para el papel angular del film, aunque hace un papel genial.

Kyle MacLachlan también muestra perfectamente a su personaje, reflejando muy bien la curiosidad de un joven que se adentra en un mundo malvado y horrible, del que le costará escapar, y en el que se verá envuelto por el personaje de Isabella, quién lo atrapa y lo seduce.

Dennis Hopper personifica a un personaje estúpido y violento, que sobreactúa en cada una de las escenas.

Provoca en el espectador una sensación de mezcla entre repulsión y risa.

Laura Dern, genial también, con un papel importante, que hace que el protagonista se introduzca en la investigación de los hechos.

La trama es interesante, aunque a ratos poco consistente y con unas escenas inolvidables que juegan con la sensualidad de los protagonistas (que no sexual, durante el metraje se respira erotismo).

La mafia existe, las drogas también, y también existen las perversiones sexuales, lo que a muchos no les gustó de esta película tal vez es que Lynch lo mostrara, y no nos gusta porque es desagradable.

Lynch jamás trata al espectador como alguien incapaz de entender lo que quiere expresar; nunca tiene miedo de que no lo comprendan, porque al fin y al cabo se acaba aceptando que el mundo es incomprensible y como consecuencia, los seres que habitamos en él también lo somos.

Pero las excentricidades del director le pueden seguir jugando una mala pasada al espectador que directamente, ve un montón de hechos ilógicos representados aquí.

Para muchos una obra maestra y un clásico moderno, mientras que para otros un sinsentido pretencioso.







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El Color Púrpura (1985): El Color Del Dolor


 
Correcto melodrama basado en la novela de Alice Walker y dirigido por Steven Spielberg, cosa muy inusual en él. Cuando por fin Spielberg ya se había encasillado en producciones de cine puramente comercial, aunque no por ello exentos de calidad, el cineasta quiso explorar nuevos caminos de la profesión y se atrevió con el drama.

Su primera incursión en el género no podía ser más buena; ‘The Color Purple’ nos narra una historia sobre el racismo, el machismo y el maltrato a las mujeres por parte de los hombres, en una sociedad americana que daba sus últimos coletazos de racismo indiscriminado, tras la liberación de los esclavos.

El color púrpura es una película de sentimientos, la vida de una mujer maltratada y falta de afecto (Whoopi Goldberg), obligada a separarse de su hermana, violada por su padre, maltratada por su marido... que asume su destino con resignación hasta que otras personas le enseñan a valorarse, a quererse y a creer en sí misma.

Este largo proceso de toma de conciencia y superación por parte de una mujer maltratada brutalmente por la vida, constituye un espectáculo íntimo y delicado que llena de satisfacción al verlo.


Para lograr transmitirnos todo eso el director tiene que contar una historia sacando afuera el lado visceral de los personajes, sus sentimientos, y logra conmover muchas veces.
Spielberg nos regala algunas escenas que dejan un nudo en la garganta por las tremendas injusticias y falta de libertades que se vivía en aquella época y lugar (estado de Tennessee en los años 20 y 30).

Pese a que se hace una denuncia a los prejuicios raciales, la mayor apología del film es la defensa de la dignidad humana, no solo por el color de la piel, sino por el sexo. Pues Glover explota y somete a su voluntad al personaje de Goldberg teniendo en cuenta que provienen de raíces muy parecidas.

Sentimentalismos aparte, posee una calidad visual impresionante y es un relato sentido y emotivo. Si en películas posteriores sus buenas intenciones quedaban desinfladas por detalles pueriles y de poco peso, aquí logra traspasar todas sus limitaciones.

Whoopi Goldberg, acostumbrados a verla en contínuos papeles cómicos, sorprende por su nivel de implicación en su personaje, ya que es seguramente el más drámatico y serio de su carrera.

De Danny Glover poco se puede decir, está perfecto, y su registro en el film es muy diferente al de otros de sus trabajos, por lo que el interés es bastante elevado.

Lástima que no se tire de épica y a veces da la sensación de que la cinta se estanca.

Suerte que cuando esto pasa, la historia y los personajes evolucionan en el tiempo y eso le da todas las alas al guión, porque si no la película podría haberse hecho muy cuesta arriba.

Otro pequeño lastre que veo es, que se excede en muchas ocasiones en el llanto fácil y, tal vez por eso, no llega a calar en el espectador como una de las grandes cintas del cine. Spielberg comete el error que cometerá casi siempre en sus obras "serias": demasiado sensibleras a veces, y en el fondo, siempre políticamente correctísimas.

El resultado final es una película sencilla, con un mensaje de lo más noble y humano llevado a cabo con unos métodos muy similares a los mismos valores que trata de transmitir.





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Tomates Verdes Fritos (1991): Los Prejuicios del pasado



Evelyn (Kathy Bates), una mujer madura que vive frustrada por su gordura y por la insensibilidad y simpleza de su marido, conoce casualmente en un asilo a Ninny (Jessica Tandy), una anciana que le va contando poco a poco una dramática historia ocurrida en un pequeño pueblo de Alabama.

El relato se hace cada vez más fascinante: gira en torno a la gran amistad entre dos mujeres (Mary Stuart Masterson y Mary-Louise Parker) y al misterioso asesinato del marido de una de ellas.

Tomates verdes fritos adapta la novela de Fannie Flagg y consiguió convertirse en una película muy popular gracias a que la voz corrió deprisa, llevando a la gente al cine. 

A pesar de eso, los admiradores del libro, aunque admiten que es fiel como adaptación, acusan a la película de ser cobarde a la hora de abordar algunos temas, como el racismo o la homosexualidad.

Contada como una sucesión de flash backs, la historia derivará en una alegoría a la rebeldía y la libertad frente a una sociedad opresiva y autoritaria.

Una rebelión contra los prejuicios de un pasado que se ata a la tradición como pretexto para ejercer el control en un entorno cambiante, una sociedad en el que ser o hacer algo diferente es un peligro.

El reparto es un auténtico escándalo. Tenemos tres protagonistas: Kathy Bates, comodísima en el papel de mujer chapada a la antigua que experimenta un cambio impresionante; Jessica Tandy, actriz clásica que sigue conservando el magnetismo de su juventud, convertido ahora en un encanto bárbaro.

Por último Mary Stuart Masterson, icono ochentero que alcanza en “Tomates verdes fritos” el punto más alto en su trabajo, con una labor tan cuidada, que parece estar mostrándonos a una persona real. Lo que ayuda a la película ya que nos encontramos con un relato dentro de otro, y ahí el realismo juega un papel clave.

Mary-Louise Parker está muy correcta en otro de los personajes clave en la "insinuación" de la homosexualidad y del costumbrismo, del sur de los Estados Unidos.

No voy a decir que "Tomates verdes fritos" no sea lo que esperaba que iba a ser. 

Lo siento, pero aparte de sus virtudes sí me parece moralista, un poco manipuladora emocionalmente en algunas escenas, sentimentalista a ratos y un poco edulcoradita. 

Si negase esto me estaría mintiendo y estaría dando una opinión falsa. Me lo parece.

No obstante -y esto es lo que me sorprende-, al cabo de las más de 2 horas que dura el metraje acabo con un extraño y agradable buen sabor de boca. Así que me pregunto por qué.

Quizá sea porque el sentimentalismo, se mezcla con toques de humor encantadores, no sé. Quizá es porque el relato moralista no es recalcitrante -el racismo se toca, pero no se insiste en dar una enseñanza, es bastante realista el retrato que se hace; el machismo se nombra, pero sólo afecta claramente a un personaje; el poder de la amistad es el eje, pero no aburre-.

Quizá lo que ocurre es que el edulcorante tiene partes más naturales que artificiales, hay buen rollo, hay buen ambiente, hay emotividad, y se nota. 

El mérito, lo que valoro y aplaudo, es que, incluso teniendo trazas de todas esas cosas, el buen recuerdo que tendré, el buen sabor que me deja y el buen rato que he pasado no me lo quita nadie. Y eso tengo que decirlo.


Una historia alegre, una historia triste, una historia fuerte.







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Mulholland Drive (2001): Rompecabezas desconcertante




Betty, una joven aspirante a actriz, llega a Los Ángeles para convertirse en estrella de cine y se aloja en el apartamento de su tía. Allí conoce a Rita, una mujer que padece amnesia a causa de un accidente sufrido en Mulholland Drive. Las dos juntas deciden investigar quién es Rita y cómo llegó hasta allí.



Fascinante rareza escrita y dirigida por el inclasificable David Lynch, cuya trama está contada de una manera muy original y puede despistar al más incauto pero no a los que sabemos cómo se las gasta el amigo David Lynch.



Conviene verla más de una vez para darse cuenta, de que al final todas las piezas del rompecabezas encajan perfectamente. 

Se trata de una historia de amor lésbico con celos y asesinatos de por medio, no exenta de humor y jalonada de secuencias made in Lynch.



Lynch nos muestra los sentimientos que se derivan de la ruptura con una pareja, los celos al verla con otro, no poder soportarlo y llevado por esto hacer cosas de las que luego te arrepientes y con las que no puedes vivir.



El argumento da tumbos, los personajes se confunden entre si, nunca sabemos si algo ha ocurrido, va a ocurrir o es sólo temor o deseo. Pero, ¿no pasa eso mismo en nuestras pesadillas?. Hay guiños al cine negro, al policial, al terror, pero lo de menos es la historia.



El propio Lynch ha dado algunas claves de "comprensión", basadas en objetos y situaciones concretas, pero sigo pensando que lo que se pretende es meter al espectador de cabeza y sin remisión en un remolino de sensaciones.


Nos advierte que dejemos de intentar explicarlo todo. Que nos detengamos, pues estamos muy ocupados tratando de encontrar, para todo, una respuesta.

Los actores están todos estupendos, desde la desconocida Laura Elana Harring, hasta Justin Theroux, pasando por la increíble caracterización de Naomi Watts, quizá injustamente olvidada en los Oscars.



Yo creo que es de esas cosas que no se hacen premeditadamente desde el principio sino que se hace al revés, osea, se termina la película y luego se encajan las piezas porque sino es imposible.


¿Qué es lo que busco al ver una película?, pues bien, pueden ser muchas cosas, diversión, alucinación, intriga, interés, aprendizaje, sentimientos, etc… 

No suelo buscar, el resolver un jeroglífico, pero eso es en lo que se basa el argumento de esta historia, en una adivinanza sobre su argumento. 
Es todo un reto intentar descifrar la mente de Lynch, y sacar y compartir tus propias conclusiones.



Mi recomendación a aquellos amantes del cine poco convencional es, sin lugar a duda, que leáis críticas, spoilers incluidos, y sólo si ello invita a vuestra predisposición, os planteéis ver estas 2 horas de película.



Supongo que no es una película para todo tipo de personas, pero por lo menos para un amante de lo raro y poco convencional como yo, si.




 


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El Bosque (2004): Huir del dolor de la vida, alimentando los miedos




La historia nos introduce en una pequeña aldea en medio de un espeso bosque, que se remonta a finales del siglo XIX. Los pobladores viven en armonía en un entorno idílico. Sin embargo, esta comunidad vive con el aterrador conocimiento de que una serie de criaturas vive en el bosque que los rodea, señaladas por los moradores como “Aquellos de quienes no hablamos”.

Los pobladores comparten el miedo a la animadversión y a la fuerza que se presiente acecha afuera. Tan aterradora que nadie se atreve a aventurarse más allá del bosque. 

A pesar de los consejos de sus mayores, un curioso y decidido Lucius Hunt (Joaquin Phoenix) tiene el ardiente deseo de ir más allá de los límites del pueblo y hacia lo desconocido.

El líder del pueblo, Edward Walker (William Hurt) le advierte a Lucius del peligro que existe en las afueras de la ciudad, y la madre de Lucius, Alice Hunt (Sigourney Weaver) le aconseja que permanezca en su hogar y se olvide de la avaricia y de los deseos que existen en el mundo de afuera.

La fuerza de Lucius es igualada solamente por Ivy Walker (Bryce Dallas Howard), una hermosa, fascinante y joven mujer ciega con una inusual sabiduría que va más allá de su edad.

La siniestra presencia de lo desconocido se convierte en un caos para el pueblo, con la valentía propia siendo lo único que los puede salvar. La tregua entre el pueblo y las criaturas irá llegando a su fin.

Para mí M. Night Shyamalan no es un mal director, pero como creador de historias tengo mis dudas, porque sabe crear un ambiente (en este caso una armonía perceptible, sedante) y la situación, pero no sabe resolver con firmeza el entramado creado.

En este caso, consigue alejarse de los tópicos del cine terror para profundizar más en el sentimiento del miedo. 

Es un film cargado de dobles significados, y el director te reta a prestar atención a todo lo largo del film, ya que las cosas no son lo que parecen.

La primera parte, en mi opinión, puede resultar algo soporífera, pero es necesario tener paciencia para llegar a la segunda parte, donde comienza a tener sentido la historia.

El desarrollo posee una estructura inteligente, que inserta las revelaciones del modo más sorpresivo posible; y así, en un primer visionado, resulta genial y fascinante.

Mas no deja de ser cierto, que dicha estructura, es un tanto tramposa.
Y vista luego por segunda vez, con toda conciencia, la historia pierde ese factor.

El director, observo, se empeña en dotar a todo su reparto de un sentimiento de austeridad, de cierta parsimonia, aspereza... es un buen intento de dotarlos de un aura enigmática y libre. Todos los intérpretes cumplen con su papel; tanto William Hurt, Joaquin Phoenix o Sigourney Weaver. 

Aunque si hay que destacar a alguien, es a Bryce Dallas Howard. Su etérea belleza, su externa fragilidad, y su sensibilidad y valiente carácter, traspasa toda atmósfera.

En general, las personas que se han sentido decepcionadas por esta película es porque esperaban un film de terror, algo "light", para verse y desecharse. 

Parte de la culpa la tuvo una campaña publicitaria engañosa, en la que se daba a entender que era una película de terror, cuando no es así.

Entiendo el mosqueo de esa gente, pero es que no veo de qué otra manera podía el director atraer al público a los cines. 

Además, superada la decepción inicial, que yo mismo sentí como todo hijo de vecino, hay que reconocer que el desarrollo e interés de la trama sube hasta llegar a su conclusión.

¿Qué es tramposa? Sí, vale, lo es, pero es que de eso se trata precisamente.

No es que “El bosque” sea una mala película, pero creo que se le podía haber sacado mucho más jugo. Resulta algo irregular tanto en su acabado como en su mezcla de drama y toques fantásticos.
En realidad se trata de una alegoría sobre el bien y el mal, el poder reparador del amor, el peligro de aislarse de la realidad construyendo un mundo mejor...

Es una fábula de lo que podría ser cualquier sociedad influenciada por nuestros dirigentes y por una opinión pública que hacen que creas lo que ellos quieren y en la cual, a veces se sacrifican vidas por no destapar ciertos asuntos.








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La Última Noche (2002): Examen de Conciencia



Ésta es una lección moral, un canto a la vida y una cruel visión de que no todos tienen segundas oportunidades (aunque las merezcan).

¿Cómo puedes afrontar tu último día y tu última noche en la calle si sabes que al día siguiente serás encerrado durante siete años?

Ésta es la pregunta que ronda por la cabeza de Monty Brogan, un camello que ha sido vendido a la policía por alguien de su círculo de confianza, tras años y años de vivir a cuerpo de rey.

Monty tiene un turbio pasado con unos socios rusos y en una inspección en su casa encuentran "casualmente" varios kilos de droga. 

Será entonces cuando salten las dudas sobre quién ha sido el chivato; puede tratarse de su novia, sus amigos de la infancia o cualquiera relacionado con el negocio.

Así narrará lo que será su último día en Nueva York antes de entrar en la cárcel.

Nuestro protagonista minuto a minuto, muestra su tormento, angustia y desesperación, ante aquello que es inevitable y que al mismo tiempo le consume, le asusta... tratando de redimir sus pecados, desesperado, en busca de respuestas y hechos que cambien su destino.

Edward Norton borda el papel protagonista, casi podría decir que su mejor interpretación.
Descubrí al actor Philip Seymour Hoffman en este papel, como Jacob, un tímido profesor universitario.


Pero fue sobre todo ese Slaughtery, un brillante broker de Wall Street interpretado por Barry Pepper, el que me sedujo, interpretativamente hablando, de forma incisiva y despiadada.

Hace un papel casi tan brillante como el de Norton, como ese broker ambicioso, bello y nihilista pero dispuesto a hacer cualquier cosa por su amigo.
Brian Cox, como el padre de Monty, pone una deliciosa nota melodramática, dejando la película y la historia bien cerradas.


La película tiene momentos destacados, pero los más especiales son sin duda los dos monólogos, especialmente el apoteósico “Fuck You” de Edward Norton-Monty Brogan frente al espejo, uno de los Mejores de la Historia del Cine.

No se puede transmitir más rabia, frustración, asfixia, pasión, miedo y sensibilidad; y esto en apenas cinco minutos,

“La última noche” no es una película fácil y no busca complacer a todo el mundo, eso se nota desde el inicio y creo que eso es digno de ser rescatado.

Engañosamente sencilla, tramposamente trascendente. Al final, nos deja el regusto de haber visto una película redonda y melancólicamente bella, gracias sobre todo a su estupenda banda sonora.







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Olvidate de mi (1999): Eterno amanecer de una mente sin recuerdos



Da la sensación, que en lo que respecta al amor en el cine todo esta dicho. Pues no, eso es lo que creía yo antes de ver esta película. Una película extraña pero aún así, con un encanto especial. Quizás sea que trata un tema que a muchos humanos nos apasiona (el recuerdo y la memoria). 

No comparto la opinión de que agrade a las masas, ni muchísimo menos. No se ajusta a ninguna de las plantillas establecidas para las comedias románticas, por eso esta película no es accesible para todos los públicos.


Vamos a ver, ¿borraría yo el doloroso recuerdo de alguna relación nefasta si tuviera ocasión de hacerlo? 

Posiblemente no, porque he sido capaz de convivir sin mayor trauma con esos recuerdos. 

Pero me gusta pensar en la posibilidad de un reseteo, que garantizara comenzar de nuevo desde cero, después de un fracaso sentimental. 

Eso es lo que básicamente plantea la película: como una pareja (Joel y Clementine), después de sus problemas sentimentales y separarse, decide borrar el uno al otro de su memoria, acudiendo a una clínica especializada en borrar recuerdos.

Se cuenta la historia desde el final hasta el principio, desde dentro de la mente de Joel... Se mezcla lo real y lo irreal de una manera genuina, y con un surrealismo genial. 


Partiendo de una idea excepcional, la película se tuerce para mi gusto, en intentar recrear unos personajes demasiado rocambolescos y falsos, en su concepción y creación. 

No obstante, este genial juego de ensoñación dramática, logra crear chispas donde parecía que nunca las habría, entre la pareja protagonista.

Reconozco que Jim Carrey me ha sorprendido; su personaje de Joel es un ser atormentado, tímido, incomprendido, triste por naturaleza y sin embargo vivo y divertido 

Y Kate Winslet está sorprendente como Clementine, su aparentemente pareja perfecta; un personaje entre neurótico, impulsivo, pasional y adorable.

Tampoco tiene desperdicio la historia de los personajes del laboratorio de recuerdos que, gracias al guión, no son meras personas que aparecen en la historia sino que intervienen en él (hablo de los personajes de Mark Ruffalo, Tom Wilkinson, Elijah Wood y Kirsten Dunst).

Al igual que en los videoclips, el director Michel Gondry se encarga de no darnos tregua con una avalancha de información constante. El montaje nos permite ir saltando hacia atrás y hacia adelante en los recuerdos, viendo las dos relaciones en paralelo. 

Si uno se deja llevar y entra en el dinamismo de lo absurdo, se disfruta de la película y bastante. 

La trama es original y el guión es inteligente. Pero la relación de los personajes principales no me parece a veces demasiado creíble, sino más que tormentosa. 

Ellos son dos mundos distintos y apenas tienen nada en común. Reconozco que hay escenas bonitas y muy tiernas. 

Pero a la par también hay escenas ridículas que rozan el absurdo. Su relación parece estar condenada al fracaso, ya que aunque pueden borrarse de la memoria una y mil veces, por mucha pasión que haya, el amor no consiste sólo en eso.

Esta película no es una obra maestra ni tampoco los actores (tanto los principales como los secundarios), hacen unos papeles de Oscar, pero sin duda alguna hacen un trabajo excelente.

Trata sobre la ineludible tendencia a equivocarse del ser humano y sobre el amor que sobrevive más allá de la utópica idea de encontrar a nuestra media naranja. 

No es de extrañar que después de verla uno se replantee la expresión y llegué a pensar que, tal vez, una media naranja no sea aquella que siempre comprenda nuestras neurosis, sino sencillamente aquella sin la que nuestra vida carecería de sentido.











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El Hombre que mató a Liberty Balance (1962): El Ocaso de los héroes



Ransom Stoddard (James Stewart), joven abogado del este, se dirige en diligencia a Shinbone, un pequeño pueblo del Oeste, para ejercer la abogacía e imponer la ley.

Shinbone es un pueblo en el que la violencia es la única ley que impera, y nadie cree que las cosas vayan a cambiar: existe demasiado temor y faltan referentes morales, con una conducta que inspire una verdadera voluntad de cambio.

El único capaz de mantener a raya al villano local, Liberty Valence, en este aterrado pueblo es Tom Doniphon (John Wayne), un tipo aún más duro que él... y más diestro en el manejo de las armas.

Frente al poder de los puños y las pistolas, la llegada de Ransom Stoddard a Shinbone representa un soplo de aire renovado, que puede marcar el declive del antiguo modo de vida del Oeste norteamericano y la llegada de los nuevos tiempos; sin embargo, para poder establecerse este nuevo modelo de sociedad, hace falta acabar con el antiguo 'way of life'... por las buenas o por las malas.

Estupendo western, con una visión alejada de los típicos estereotipos del género: aquí no se idealiza ni el tipo de sociedad ni a sus personajes, simplemente se recrea un momento de la historia de los EE.UU.

La llegada del ferrocarril, implica la asimilación del sometimiento a las leyes, la protección de la propiedad privada, la participación en los comicios electorales... y el final del terror impuesto por las pistolas, el pillaje y el caciquismo.

James Stewart es el protagonista absoluto, pero John Wayne le roba el protagonismo con una soberbia y atípica, e incluso yo calificaría como sombría su interpretación.

Es el claro perdedor de la historia, queda a la sombra frente al cobarde Ransom Stoddard (Stewart), que no es valeroso, pero si humilde y trabajador.

Los malos son de capa baja (Lee Marvin sobre todo y Lee Van Cleef), nada nuevo que aportar al género, pero se ve que ya las armas tienen poco que aportar al oeste, es la palabra lo que mueve el mundo.

El experto director de westerns John Ford, consolidó con esta película un testamento inmejorable. Sorprende con un relato crepuscular acerca de la caída del salvaje oeste, con todo lo bueno y todo lo malo, frente a la imparable civilización.

La película es ante todo, una defensa (simple pero efectiva) de los hombres buenos frente a los dictadores, de los pobres frente a los ricos, de la democracia frente a la dictadura. Nos ofrece sencillas clases de democracia. Un western adelantado a su tiempo, con algo de demagogia perdonable.

Sería pretencioso, intentar añadir algo más a todo lo que se ha escrito ya sobre esta película.

Así que intentaré terminar de forma escueta; para mí estamos ante un western "enciclopédico", en el sentido de todo lo que enseña acerca de la vida, el honor, el amor, la ley, la libertad de prensa, la historia y más cosas.

Suele decirse que el western como tal murió con esta película, que transgrede los propios códigos del género. 

Realmente se puede decir que John Ford reinventó este género, otros directores siguieron sus pasos y sus reglas establecidas (Raoul Walsh, Hawks y Mann).

Otros a partir de su legado, ofrecieron otros puntos de vista (Leone, Arthur Penn y Pekinpah) y modernizaron el género. Pero él no dejó de reinventarse y a finales de su carrera, ciertas obras ofrecieron nuevos ideas y más frescura al género.

Verdaderamente es cierto, con esta absoluta obra maestra.





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